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BON IVER – i,i

Por: Andrés Lupone

El productor/canta-autor Justin Vernon (mejor conocido como Bon Iver) regresa con su tercer disco de larga duración. Fue en el lejano 2007 cuando Vernon salió a la luz con un íntimo y melancólico LP limitado a una instrumentación basada primordialmente en guitarra acústica y batería (For Emma, Forever Ago). Quizás fue el contexto de los dosmiles lo que influenció el estilo del disco. En aquella época la popularidad del rock y la distorsión noventera se estaban desvaneciendo en favor de artistas que basaban su música en una nueva interpretación del Folk y la música acústica yuxtapuesta con herramientas digitales (CocoRosie, Devendra Banhart). 

Una década después, Bon Iver ya esta perfectamente posicionado en la industria musical. Tiene un público masivo y es un artista internacional, pero como todo ser sensible, se deja influenciar por las nuevas corrientes musicales y busca la inspiración desde artistas que en un principio parecía que no tendrían mucho que ver con él. Realizó varias colaboraciones con James Blake y se dejó influenciar por la estética electrónica de la segunda década del siglo XXI. 

En “22, A Million” (su penúltimo disco) polarizó a los fans más puristas de su estilo melancólico y acústico al traer a la mesa un extraño collage de beats, autotune y procesos electrónicos. Para algunos es el mejor disco de su carrera y para otros no es nada más que un experimento fallido sin dirección, pero al final del día lo que más se aprecia de éste tipo de discos es el hecho de generar una polaridad que impide un juicio popular y no deja nada más que el criterio propio en la recepción de la música.

Evidentemente, la experimentación sigue siendo uno de los motores principales e la búsqueda de Vernon por nueva inspiración. En “Yi” (la extraña introducción del disco) escuchamos tan solo veinte segundos de grabaciones de campo para dar introducción a “iMi”, un track lleno de autotune, ruido blanco y extraños arreglos dentro de una canción pop. El proceso creativo de esta canción me recuerda al de Brian Wilson en sus épocas de locura. No por la música, sino por el hecho de tomar elementos de la música popular y llevarlos a un siguiente nivel de experimentación en los arreglos. 

Pareciera que el track tiene mil secciones que no se vuelven a repetir (a contrario de las convenciones en el género de tener verso-coro-verso). En tan solo tres minutos escuchamos una sección de metales, beats electrónicos y baterías acústicas.

“We” podría ser como una canción mitad alayah-mitad-James Blake. La melodía de la voz es totalmente de RnB, mientras que el beat y las mil capas de texturas la hacen sentir como Onehotrix Point Never en sus momentos más pop.

A pesar del carácter impredecible que se establece en los primeros tracks, “Holyfields,” es un momento que resulta constante por el mismo pulso electrónico que se repite a lo largo de la canción. Puede que otros mil detalles atmosféricos sucedan sin constancia, pero lo que mantiene toda la atención y el ritmo es aquel sonido que mantiene un pulso constante.

Los arreglos de violines y chelos que aparecen en el segundo minuto son de una calidad que no escuchábamos en la música popular desde Sigur Ros hace diez años.

 “Hey Ma” es una balada compuesta de saxofones y sutiles sampleos de voces subidas en tono, todo al compás de un simple blip que se mantiene en toda la canción. En las letras, Vernon pinta imágenes de nostalgia y su infancia para rendirle un homenaje al afecto que le tiene a su madre.

Instrumentalmente “U (Man Like)” vuelve a tocar base en la antigua fase acústica del proyecto. Limitándose a tan sólo un piano acústico, Bon Iver habla de problemas sociales en la actualidad como la creciente pobreza y falta de balance socioeconómico en EUA.

La experimentación en la parte musical da su mejor fruto en “Jelmore”, mi canción favorita del disco. Las texturas fragmentadas de la base instrumental es tanto abstracta como agradable y al contrario de los primeros tracks, la carencia de elementos hace que la voz resalte mucho.

“Salem” es una canción cuyo desarrollo va desde lo minimalista hasta lo maximalista, empezando con tan sólo dos bélicos electrónicos y complejas percusiones para acabar en un inmenso muro de sonido lleno de timbres y frecuencias que terminan como una ola homogénea que se balancea sobre los oídos.

El tímido solo de saxofón que escuchamos en el mero final de “Sh’Diah” y su desarrollo paulatino hacia un clímax con escobillas en la batería logra que la canción se sienta como una balada con un poderoso clímax, pero sin el cliché de una explosión en una gran instrumentación. 

En general, “i,i” lo siento como el disco más maduro y ambicioso de Bon Iver. Toca los puntos anteriores en los que el cantante utilizaba instrumentos acústicos para hacer canciónes, pero ahora con un muro de instrumentación complejo y lleno de detalles. Es casi como un disco maximalista. 

Quizás no cumpla las expectativas de aquellos que quieren escuchar canciones tristes para estar en una fogata, pero definitivamente hay mucho más territorio común de ese campo que en “22, A Million”.

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