Bienvenido el humor (y el talento) urbano

Tocumbo es un agraciado pueblo del norponiente de Michoacán. Desde 1930 es municipio. Tiene alrededor de 12 mil habitantes, dedicados a la agricultura, la ganadería, el comercio  y la industria. Dentro de esta última actividad destaca la producción de nieves y paletas. Estas confecciones son famosas, por su variedad y sabor, en toda la región. Y no solamente eso: le han dado al pueblo orgullo e identidad, ambas cosas esenciales para la buena marcha de cualquier comunidad.

Pero también le han dado, nieves y paletas, ocasión para la celebración pública, para la conmemoración, y para una rara cualidad: el humor urbano. Así, en un lugar preponderante del pueblo se puede contemplar el monumento. Su escala es razonable, y su factura correcta. Representa una lograda intersección, digna de un buen trabajo de geometría descriptiva: un barquillo, con su respectiva bola de nieve, se combina con una rotunda paleta.

Los materiales son adecuados, la constructividad está bien resuelta, los colores son alegres, y sobre la bola de nieve destaca una decoración de múltiples paletitas de distintos tonos. El monumento, sobre todo, emana humor y gusto, orgullo bien ganado, frescura, sentido del lugar en el que se emplaza.

Las anteriores cualidades, evidentemente, son muy raras en nuestras producciones monumentales, en el llamado arte público. Del lado oficial, recuérdese simplemente la infinita producción de bustos, cabezas y cabezotas, o estatuas de cuerpo entero de los distintos próceres y figuras de la historia nacional. Su tiesura y repetitividad los convirtieron en una manifestación extrema del aburrimiento, del acartonado estilo oficial de intentar imponer una ideología y una visión unívoca de la historia.

Cuando los franceses conmemoraron el centenario de una de sus máximas personalidades públicas, el General Charles de Gaulle, lo hicieron nada menos que sobre los Campos Elíseos. Pero de otra manera. Ningún pedestal, ninguna placa pomposa, ningún envaramiento. Solamente el General, sobre la banqueta misma, caminando. El genio del escultor supo traducir la grandeza de ese otro peatón, la resolución de su mirada, el impulso de una marcha que logró liberar a Francia en su momento más grave. Pero también hay un sutil humor que, sin burlarse, da cuenta de la peculiar presencia física del estadista, de sus características facciones. Esto, y el simple gesto de poner al monumento –en el país que primero proclamó la igualdad- sobre el piso común, al alcance de las manos y el tacto de cualquier niño, introducen un rasgo de ironía y humor, vuelven cercano y apropiable al monumento. Eso sí, lagrandeur française no perdona, y en las noches hay una cierta luz que proyecta, agigantada, la silueta de De Gaulle sobre un muro cercano. Y a esa estatura pueden sumarse los citoyens que se coloquen en el lugar adecuado.

Entre nosotros, es recordable por parecidas disposiciones el simpático monumento al ingeniero Jorge Matute en el acto de arrempujar el edificio de teléfonos para ponerlo en su nueva ubicación, regla de cálculo en la otra mano. De allí en más, mucha tiesura, cómica solemnidad, amplio envaramiento para los celebrados. (Incluso otra paleta, monumentalizada en la plaza de Mexticacán, tiene el adusto y tedioso porte de cualquier cabeza de Juárez…)

Habría que aprender de Tocumbo. Celebrar la birria de las Nueve Esquinas, los equipales de Mexicaltzingo, las tenerías del barrio del mismo nombre, las tortas ahogadas que nacieron en la banqueta de La Alemana, la centenaria multiplicidad de ofertas de San Juan de Dios, la platería de Analco, el tejuino de la Capilla de Jesús… suma y sigue.

Es preciso celebrar la vida de la gente, sus gustos y cosas recordables, las actividades con las que se identifica y entiende la ciudad. Pero, por supuesto, con talento, gusto, y humor. Como en Tocumbo, como, faltaba más, en París.