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AL AIRE LIBRE

Carnage

Roberto Garza Angulo 28/08/2016 [Cine] [Cultura]

Carnage es una radiografía de cuatro adultos modernos: por un lado, un exitoso abogado (Christoph Waltz) que no para de hablar en su celular y su sofisticada y guapa esposa (Kate Winslet), y por el otro, un pragmático vendedor de electrodomésticos (John C. Reilly) y su sensible esposa (Jodie Foster), quien vive conmovida por los atroces acontecimientos que azotan África.

Si Freud definió a los niños como “perversos polimorfos”, para Roman Polanski, en esta película, los adultos serían “perversos polisicomorfos” elevado a la décima potencia. La última película del director franco-polaco, estrenada en el pasado Festival de cine de Venecia, a pesar de no tener la fuerza cinematográfica de otras de sus obras, el tema que toca resulta ser muy atractivo y el elenco que posee justifica el que haya decidido adaptar para el cine la exitosa obra de teatro francesa de Yazmina Reza, El Dios del Carnage.

Aún siendo una adaptación del teatro, y de estar sujeta a las 3 reglas de oro aristotélicas (unidad de espacio, de tiempo y de acción), esta película no es, utilizando el término despectivo que utiliza Robert Bresson, teatro filmado. Aprovechando los recursos del cinematógrafo, gracias a una precisa y económica dirección de cámaras y de actores, Polanski nos va mostrando signos muy precisos, detalles que a través del montaje terminan por revelarnos un mapa psicológico del hombre sumergido en esta época moderna.

Tal vez los meses que tuvo que pasar Polanski recientemente en la cárcel bajo arresto domiciliario en su casa en Suiza -por el escándalo de abuso sexual por el que fue acusado en 1977- influyeron en su decisión de recluirse en un departamento y hacer esta película.

En la primera escena, silenciosa y distante, vemos cómo un niño golpea con un palo la boca de un compañero y le revienta los dientes. A partir de este punto la historia se centra en los papás de ambos niños que se encuentran reunidos para

discutir el evento. Al principio, parece que todo se va a resolver de manera muy civilizada, pero mientras va transcurriendo la tarde, los cuatro personajes se van transformando en seres grotescos y se presentan como lo que en el fondo son: egoístas, convenencieros, hipócritas y llenos de odio.

Después de ver la película, queda claro que Polanski es un pesimista. Difícilmente no serlo después de lo que le ha tocado vivir: los nazis lo separaron de sus padres a los 6 años y su mamá murió poco después en Auschwitz; tuvo que esconder su condición de judío en una familia católica que lo acogió por un tiempo, hasta que fue descubierto por un sacerdote que lo volvió a echar a la calle; años más tarde, su esposa, Sharon Tate, fue asesinada embarazada de 8 meses, por la secta de Charles Mason. Después vino la acusación de abuso sexual que lo mandó al exilio y eventualmente a la cárcel. Después de todo esto, Polanski ha concluido que el Dios de Carnage impregna el ambiente. Carnage, del latín caro (carne), significa masacre, los cadáveres amontonados después del suceso. En una reciente entrevista al diario francés Le Fígaro, Polanski dijo: -“La película satiriza los valores convencionales que la burguesía tiene como políticamente correctos y muestra la hipocresía de la cortesía enmascarada detrás de falsas sonrisas. Los cuatro personajes al principio son muy corteses pero al final resultan ser unos monstruos, cada uno a su manera, listos para atacar.”

En este microcosmos, un departamento de clase media-alta de Nueva York, Polanski va desentrañando, con maestría y buen humor, la psique del ser humano adulto occidental y “burgués”. En un principio todos los personajes adoptan las formas políticamente correctas y se comportan al pie de la letra bajo las reglas del buen vecino. Sin embargo, poco a poco se van alejando unos de los otros; distanciados por su individualidad, cada uno comienza a juzgar desde su propia visión del mundo, desde su subjetividad más profunda. Ante este abismo, todos los demás son unos idiotas cuando se trata de defender el interés personal. Al final nos percatamos de que todos somos jueces, víctimas y verdugos. El verdadero soberano de nuestras cabezas son nuestros prejuicios.

La distintas cosmovisiones que cada personaje expone a lo largo de la hora y veinte minutos que dura la película, se van confrontando en tiempo real, hasta que las parejas toman partido abiertamente por sus hijos y ultimadamente, por sí mismos. Todos pierden los escrúpulos y se comportan incluso de una manera más infantil que sus propios hijos -que después vemos en la última escena, otra vez de manera silenciosa y distante, platicando cordialmente.

25 millones de dólares y 6 semanas de rodaje le permitieron a Polanski dirigir otro largometraje a sus 77 años. A pesar de tener la película secuencias inverosímiles, como una tremenda y súbita borrachera que se ponen todos con dos whiskys, el tono cómico manejado a lo largo del film cubre, y a veces hasta justifica, semejantes escenas.

(publicado en el blog de cine de Letras Libres, 8 mayo 2012)