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AL AIRE LIBRE

Diario de un espectador

Juan Palomar 28/08/2016 [Arte] [Cultura] [Literatura]

Atmosféricas. Aparece la primera lluvia, queda, tranquila. El jardín recibe sus bondades con agradecida mansedumbre. Las hojas del guayabo, mucho rato después, siguen estilando gotas que percuten suavemente, marcando los primeros compases de la obertura del verano. Temprano, rumbo al oriente, la silueta de las torres queridas se recorta, a pesar de todo, contra la mañana que despunta, como esas cosas que se entrañaron al fondo del corazón a fuerza de quemar con su incandescencia la retina. Un aire que viene de muy lejos da cuenta de los pasos del bendito temporal que avanza. En lo alto de la madrugada las cosas adquieren, en toda su quietud, una vida que parecía apagada, y dos, tres estrellas dejan su rayadura indeleble en el cielo nublado por las turbias luces de la ciudad. Persistencia de los humildes objetos, que así guardan el tacto, los movimientos de las gentes que ya no están, y que habrán de sobrevivir a quien ahora, en la penumbra, las mira. Pero el jardín siempre es nuevo.

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Lejos de aquí/ cerca del mar/ en la famosa Huasteca… Por alguna de las ignotas circunvoluciones de la memoria, de repente aparecen los versos del maestro Gabilondo Soler. Generaciones de connacionales pueden reconstruir la tonada, continuar su letra. Para cada quien tendrá particulares resonancias. Ejemplar es la manera como el maestro Cri-cri, a lo largo de tantos años, entregó a la gente músicas y narraciones que, de alguna manera, construyeron un imaginario colectivo y personal que así se volvió más rico, que abrió ámbitos más amplios, interesantes, divertidos. E, íntimamente, el camino a la poesía. Quizás sea esta la más alta misión de un trovador, quien sólo aparentemente dedicaba sus canciones a los niños, pero quien logró imbuir en tanta gente de todas las edades un inapreciable sentido de lo inefable, de la inocencia, la fantasía, lo misterioso, lo hondo y múltiple del mundo. Para el que pasa, los versos citados al principio del párrafo resultaron, desde la más temprana infancia, una iniciación inesperada, intrigante e indeleble, en los territorios de lo maravilloso. Una certera evocación de lo remoto, del mar innumerable cintilando al sol, una sencilla y pasmosa dislocación de los espacios, la revelación de la nombradía de una región que quedó por siempre a descubrir: es todo, y es algo inmenso. Una ventana prodigiosa sobre la música, la de las palabras, la de las notas. Y la inoculación perdurable de una sed esencial.

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Cuando Juan José Arreola platicaba de Juan Rulfo, su amigo y paisano del sur jalisciense, a veces hablaba, con característico énfasis, de su oblicuo talante para abordar la vida, la escritura. De los modos del coyote, en los que se juntan el cálculo de tiempos y territorios, la songa astucia, la alusión imperceptible, el engañoso amago, la seducción indescifrable de un asedio al que su misma sutileza volvía fatal. Quizá quería evocar, el de Zapotlán, a ese intransferible don que Rulfo trabajosamente dejaba dicho en una prosa de ladino encantamiento, de extraña elegancia, algo que por siempre marcó a nuestra lengua, a la sensibilidad de las generaciones.

En Los cuadernos de Juan Rulfo hay una serie de apuntes que el de San Gabriel parece haber tomado como al vuelo. Son frases, expresiones populares y rancheras, palabras que posiblemente lo intrigaban, que capaz le daban pistas, que oscuramente evocaban cosas que en algún improbable renglón pudiera haber transfigurado en su prosa incomparable, en sus fantasmagóricos diálogos, en sus imágenes sordas y fulgurantes. Jorge Esquinca afirma que Pedro Páramo es en realidad el mejor poema mexicano del siglo pasado. De allí la clave de esos pies de pasajes -¿de novelas?- que Rulfo consigna, y que, siguiendo la impresión de Arreola -su persistente evocación de los métodos del coyote, de su diagonal acercamiento a la presa, de su inapresable talante matrero- resuenan con particular intensidad cuando es el propio Juan Nepomuceno quien los recoge, y los guarda para nosotros:

-El coyote es un animal que da mucho que pensar. Atraen con la mirada y el vaho a las gallinas.
– Tienen más fuerza de atracción que la mirada de las víboras.
-Cuando el coyote fija la mirada en el cazador, entonces la bala no sale del cañón, la vista se le ofusca, la quijada se le cae, y sólo puede lanzar gritos inarticulados.

Al azar de la temblorosa pantalla, aparece, en días pasados, una vieja entrevista (parece que de 1983) que la televisión española le hizo a Juan Rulfo. Se figura ahora increíble que el inmenso, el mítico, hubiera pasado por esos triviales rituales de lo efímero, por esas vulgares servidumbres de la fama. La locutora es güera, locuaz y entusiasta, muy bonita. A su lado, Rulfo, impecablemente vestido, se sienta incómodo, torea adustamente los embates de la señorita. Una nota en la indumentaria del escritor llama la atención: unas vistosas gafas de sol, más bien imaginadas sobre la cara de una matrona rostizándose en alguna playa. Interperrito, Rulfo le va dando hábilmente el avión a cada pregunta, según su larga costumbre. Llega la cuestión que verdaderamente importa a la güera, que –secretamente- importa a todos los que ven el número: “¿Maestro, por qué lleva esas gafas?”. Entonces Rulfo inventa sobre la marcha una arcana explicación más o menos médica. Luego dice, la íntima, profunda razón: que le molestan las luces. Claro, su aliento vital, su lugar y su querencia están en la entresombra, en la apartada atalaya desde donde, como el coyote, mide su trayectoria, su melancólico y glorioso destino. Lejos de los impúdicos y ramplones reflectores, cerca del humo, de las madrugadas plateadas del Llano Grande…

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Estrella distante. Las décadas, increíblemente, han pasado. Su belleza arrasadora esplendía con la promesa de nunca terminar. El pelo, sobre todo, era una cascada o una cortina que sabía entregar y velar las facciones levemente imperfectas y por eso más inolvidables. La posesión que en ella ejercía la música era idéntica a las que a las sibilas embargaba cuando entregaban sus oráculos. El espectador recibía la ondulación de esos pechos perfectos como se recibe la embestida del mar al filo de un naufragio. De repente sonreía con la potencia del claro de sol en un día de tormenta, bailaba, ardía con ciertos pasajes. Pero más se sumergía en la ebriedad de la canción que hablaba de amores perdidos, de cosas que no se podían expresar, que le escapaban, pero que ella sin embargo decía con su sola presencia devastadora. Estrella distante: no da cuartel el tiempo. Las imágenes de su decadencia vienen a ser desoladoras, la sibila se volvió una mujer madura, razonable, el fuego está extinto. Imaginar un don milagroso que, para egoísta beneficio de quien la vio, mantenga en vilo el fulgor de esa belleza, el misterio completo de ser todas las mujeres, la clave indispensable de una estrella distante brillando, invencible.

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Este espectador tiene para sí que Jaime López, tan disparejo y desconcertante como se quiera, es el trovador definitivo del México de todos estos años. Su genio poético está a la vista, su diestro juego con palabras e imágenes, el tino con el que acabala la música para decir lo que se propone. En sus mejores momentos, entrega canciones redondas, certeras, mortíferas. Un humor a la vez sutil y basto pervade su producción. Pero hace treinta años o recientemente, Jaime López sigue siendo una voz inconfundible, alguien que ha aprendido sabiamente las lecciones de la canción popular mexicana, de Dylan o Cohen o Waits o bluseros diversos, que sigue respirando el aire de los tiempos, enunciando cosas que de verdad importan. Hay, por allí en las pantallas, una interpretación a dúo con Cecilia Toussaint. Es de 1987, parece. Se llama Tres metros bajo tierra. Es un frenético y calculado lamento por el amor perdido, por cualquier amor. Los cantantes bien que lo saben, se encienden:

Tres metros bajo tierra 
(escárbale bien)
Tres metros allá abajo
(del árbol aquel)
Están los huesos de nuestro amor.

Hay cruces en tu mente
(recuérdalo bien)
Tu cuerpo está de luto
(bailando mujer)
El muerto al pozo y el vivo al gozo.

Tres metros tierra adentro
(de aquel corazón)
Tres metros bajo tierra
(en esta posición)
Se fue la vida de aquel amor.

Hay ruido en tu silencio
(celébralo bien)
Tu rostro es un velorio
(sonriendo mujer)
El lobo aúlla, aunque el alma cruja.

Tres metros bajo tierra
(escárbale, escárbale bien)
Tres metros allá abajo
(del árbol aquel)
Están los huesos de nuestro amor.