Dos viajes

¡Astillero!

Aún se escucha en vuestra tarde

el martinete sobre el íntimo acero del barco.

Un costal, herida su epidermis,

riega con arroz el muelle

y la parvada —por llamar de alguna forma a este

amasijo

de tordos, palomas, gaviotas, y otras plumas —,

apura el bocado de su gaznate

atenta al gárrulo más terco.

Recargadas en las mesas de los bares las mujeres

mascan pequeñas pastillas de orozuz

para digerir las viandas rojas que comieron.

(En el interior doméstico de un cuarto,

sobre la cama ancha

y alzado el torso con grandes almohadones,

Valery Larbaud fija la vista en la ventana).

Atento al escándalo crepuscular del puerto,

O. Barnabooth se encamina sin prisa
hacia la vieja estación de trenes.

Carga en la petaca sus cuadernos y otras cosas más

urgentes;

máquina de rasurar, tabaco, colonia añeja,

y una billetera de piel.

¡Ya en la noche sentirá orgulloso el deslizamiento del

vagón entre las sombras!

Antes de que oscurezca por completo,

en la ventanilla del camarote de lujo

el paisaje incorporará a su lienzo líquido

los rasgos de su rostro difuminado en Portugal.

(Inmóvil en su habitación,

Valery Larbaud se ha quedado dormido:

en los cielos de su sueño un pájaro

vuela sereno sobre el embarcadero desnudo de otro

puerto).