Ultrathéka No. 1, Pt. I
AL AIRE LIBRE

La cifra (1981) de Jorge Luis Borges

Fernando Fernandez 27/08/2016 [Cultura] [Literatura]

No sé cuántos de mis colegas lectores de poesía hayan visto alguna vez las dos ediciones. En 1981, mi entusiasmo por Borges había alcanzado la cima: como ya he contado por extenso en este cuaderno en línea, en agosto de aquel año lo vi decir unos poemas en una lectura pública; poco después conseguí –de una sola vez– todos sus libros, quiero decir que todos los que estaban en la colección de bolsillo de Alianza Editorial (empezando por el primero que leí, El informe de Brodie, en un ejemplar idéntico al que había sacado de la biblioteca de la preparatoria). Entonces apareció La cifra. Recuerdo que Excélsior anunció la publicación del nuevo libro de poemas de Borges, que veía la luz en dos ediciones simultáneas –una de Emecé en Buenos Aires, la otra de Alianza Editorial en Madrid–, asegurando que se trataba de su “testamento literario”. Lo que nadie sabía es que el poeta argentino todavía iba a publicar un libro más del género, Los conjurados (1984). Pero la intención de este post no es tanto presumir las dos ediciones que están en mi biblioteca (una de ellas, regalo de mi amigo Sergio Vela), sino echar un ojo a lo que dice Borges de sí mismo en el prólogo de ese libro; de paso, asistir a la notable clase de literatura que ofrece en esa misma página. Por último, copiar alguno de los poemas que más me han gustado ahora que lo acabo de releer. “Poesía intelectual”: así dice Borges que se llama lo que hace él. Y es que, explica, con los años ha comprendido que no son para él “la cadencia mágica, la curiosa metáfora, la interjección, la obra sabiamente gobernada o de largo aliento”. “La palabra”, sigue diciendo, pero seguro quiere decir “la expresión” (es decir, “poesía intelectual”), “es casi un oximoron: el intelecto (la vigilia) piensa por medio de abstracciones, la poesía (el sueño) por medio de imágenes, mitos o fábulas. La poesía intelectual debe entretejer gratamente esos procesos”. Entonces ofrece algunos ejemplos de poesía intelectual: “Platón en sus diálogos”, dice, y Francis Bacon en sus enumeraciones. “El maestro del género es, en mi opinión, Emerson”, añade. Además de ellos “lo han ensayado, con diversa felicidad, Browning y Frost, Unamuno y, me aseguran, Paul Valéry”. (Habría que excavar en ese “me aseguran”: seguro que tiene alguna jiribilla que a mí se me escapa.) A continuación, el poeta argentino ofrece un ejemplo de poesía “puramente verbal”, una estrofa del poeta Jaime Freyre en la que quizás haga un guiño a su propia circunstancia (expresada más abiertamente en la dedicatoria del libro, aunque en aquel lugar no mencione el amor): Peregrina paloma imaginaria, que enardeces los últimos amores, alma de luz, de música y de flores peregrina paloma imaginaria de la que dice que “no quiere decir nada y a la manera de la música dice todo”. Ha ofrecido ese ejemplo para contrastarlo con este otro, de poesía intelectual, esta vez la famosa estrofa de Fray Luis de León de la que dice (sorprendentemente para mí) que Edgar Allan Poe se la sabía de memoria, en cuyos versos, afirma, no hay una sola imagen, y en el que cada palabra (a excepción, acaso, de “testigo”) es una abstracción:
Vivir quiero conmigo,

gozar del bien que debo al Cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor,

de celo, de odio, de esperanza, de recelo.

Borges cierra el prólogo diciendo que los poemas de La cifra “buscan, no sin incertidumbre, una vía media”.

A continuación reproduzco un poema de ese libro, es decir un ejemplo del género de poesía que buscaba en los últimos años de su vida, según asegura él mismo. Nótese cómo en la repetición de la palabra “Rhin” de los primeros versos está el artificio que hace que Quevedo escriba hasta cinco veces la palabra “Roma” en su célebre soneto dedicado a la ciudad eterna (cuatro sólo en la primera estrofa), número que Borges copia sin ninguna dificultad. Quevedo, y aun Ronsard –que también echó mano del recurso–, partieron “de un epigrama del humanista polaco Nicola Sep Szarynski” publicado en 1608, y que dice: “Qui Roma in media quaeris, novus advena, Romam, / et Roma in media Romam non invenies…”, según explica José Manuel Blecua en una de las ediciones de Quevedo que tengo a mano (Poemas escogidos, Castalia, 1989, pág. 141). Por último, me hace gracia que en el prólogo del libro Borges mencione a Unamuno, escritor que de ninguna manera estaba entre sus preferidos, porque el último verso del poema que sigue me recuerda, todo lo vagamente que se quiera, el final de uno de los más conocidos del viejo rector de la Universidad de Salamanca.

Correr o ser Por Jorge Luis Borges
¿Fluye en el cielo el Rhin? ¿Hay una forma universal del Rhin, un arquetipo, que invulnerable a ese otro Rhin, el tiempo, dura y perdura en un eterno Ahora y es raíz de aquel Rhin, que en Alemania sigue su curso mientras dicto el verso? Así lo conjeturan los platónicos; así no lo aprobó Guillermo de Occam. Dijo que Rhin (cuya etimología es rinan o correr) no es otra cosa que un arbitrario apodo que los hombres dan a la fuga secular del agua desde los hielos a la arena última. Bien puede ser. Que lo decidan otros. ¿Seré apenas, repito, aquella serie de blancos días y de negras noches que amaron, que cantaron, que leyeron y padecieron miedo y esperanza o también habrá otro, el yo secreto cuya ilusoria imagen, hoy borrada he interrogado en el ansioso espejo? Quizá del otro lado de la muerte sabré si he sido una palabra o alguien. (Tomado de La cifra, Emecé Editores, Buenos Aires, 1981, pág. 75.)