Jordi Soler
AL AIRE LIBRE

Mad Marx

Juan Patricio Riveroll 28/08/2016 [Cine] [Cultura]

Una película es como un campo de batalla:

tiene amor, odio, acción, violencia y muerte.

En una palabra: emociones.

Samuel Fuller en Pierrot el loco

En mayo de 2015 coincidieron en la cartelera cinematográfica del Distrito Federal dos magníficas películas, una en cientos de salas y otra sólo en la Cineteca Nacional. Mad Max: Fury Road de George Miller se pudo ver en casi cualquier múltiplex en distintas versiones: doblada, con subtítulos, en 3D o en proyección tradicional en 2D. En cambio, Adiós al lenguaje de Jean-Luc Godard sólo se exhibió en una sala y en una única modalidad: 3D.

No voy al cine como solía hacerlo en otras épocas de mi vida. Quizá cuando más acudí a las salas fue en los últimos años de preparatoria y los primeros universitarios, en los que, sin importar la lejanía del cine que daba la película que quería ver, iba, por lo general solo. Después, durante el año que pasé en Los Angeles como estudiante de cine veía tres o cuatro películas diarias, algunas en salas y otras gracias a Netflix, que en ese entonces distribuía en DVD por el servicio postal. Y posteriormente en los años que duró el FICCO: cinefilia desaforada por diez días consecutivos. La combinación entre la progresiva falta de tiempo y la facilidad para ver cine por internet ha menguado considerablemente mis viajes a las salas. Lo único que sin lugar a dudas me empuja a hacer un espacio en la agenda es lo que difícilmente tendré oportunidad de ver después: buenas películas hechas para verse en 3D.

La popularización del 3D le regresa al cine ese halo de fascinación que tuvo desde sus inicios. Renueva. Es una herramienta que aumenta la sensación de fantasía en obras hechas para soñar, y que profundiza la experiencia estética y formal en el cine de autor. Werner Herzog, por ejemplo, nunca ha estado completamente de acuerdo con la tecnología 3D, pero al tener la oportunidad de filmar las pinturas rupestres de la cueva Chauvet no dudó en utilizarla, y pese al mencionado titubeo con respecto a dicha herramienta, en su momento sentenció que La caverna de los sueños olvidados debe verse, forzosamente, en 3D. Verla en 2D es ver una versión diluida. La profundidad visual que da el efecto de dos imágenes sobrepuestas es perfecta para percibir las pinturas sobre las paredes irregulares de la cueva, cuyos trazos, que forman parte de las protuberancias, se aprecian mejor así. Lo mismo sucede con la más reciente entrega de Mad Max a manos de su creador, más de treinta y cinco años después de la primera.

Al ver que Fury Road contaba con un inusitado porcentaje de aceptación de 98% en el tomatómetro de RottenTomatoes.com, corrí a verla. Pocas películas de ficción tocan esa cifra en la página dedicada a recabar el mayor número de críticas para establecer un consenso. Por lo general las cintas que llegan a ese nivel son documentales, rara vez ficciones, y más raro aún blockbusters de gran presupuesto sin más pretensión que la de dar un espectáculo. Cintas intimistas, socialmente comprometidas, sobre la lucha de ciertas minorías, suelen tener buenas críticas; películas de acción, no. Y es que todos los aspectos de Mad Max son extraordinarios, empezando por el guión, que mantiene al espectador en vilo a lo largo de dos horas sin descanso, sin respiro, sin momentos necesarios para el avance de la trama pero que detienen la emoción. El camino de la furia es un caballo desbocado que al llegar al límite del desfiladero, donde no puede seguir, regresa a confrontar a los monstruosos seres de quienes viene huyendo. Decenas de cámaras al unísono son testigos del vertiginoso viaje de los personajes interpretados por Tom Hardy y Charlize Theron, grandes actores bajo las órdenes de un veterano con la vitalidad de un adolescente.

Días después la volví a ver en 2D, la única función disponible ese día, y la comparación me decepcionó. Al igual que La caverna de los sueños olvidados, cuando una obra está pensada para proyectarse de una manera hay algo que se pierde al trasladarla. La profundidad de campo de una película concebida en 3D es vital, imposible de replicar. Gran parte de la propuesta visual de Adiós al lenguaje, que en Godard se acerca a una cuestión filosófica, tiene que ver con la tecnología 3D. Experimenta, juega, confronta al espectador. Como cualquier otro ejemplo, de Pina de Wim Wenders a Gravity de Alfonso Cuarón, Adiós al lenguaje se sostiene también en formato regular y en la televisión, sin embargo la pérdida de aquello insustancial es irreparable, como sucede con la traducción de un lenguaje a otro.

Es difícil sintetizar los temas que trata el más reciente ensayo cinematográfico de Godard, pues sus películas cada vez más rehúyen la posibilidad de ser contenidas con palabras en una síntesis. Estoy seguro que la sinopsis publicada en el sitio web de la Cineteca Nacional salió, en parte, del paquete de prensa enviado por el agente de ventas y no de haberla visto, porque la premisa: “una mujer casada y un hombre se encuentran”, en mi opinión, no queda para nada clara. Reto al lector que encuentre el momento que transmita que la mujer es casada. Tal vez más que el resto de su obra, Adiós al lenguaje es una experiencia abstracta que va tejiendo ideas cinematográficas, es decir, palabras con sonidos o música o ambas en conjunto con planos grabados en 3D o sacados de la historia del cine; varias aristas de una misma cosa, la película, que en conjunto van creando una sinfonía filosófica contenida en el cinematógrafo e intraducible a otra plataforma (como palabras en un texto como este). Conforme a su costumbre de llevar al cine a rincones poco explorados ahora no solamente usa un tipo de cámara, sino varios: Canon 23.98, Fuji 24, Mini Sony 29.97, Flip Flop 30, Go Pro 15, Lumix 25. Y aún más radical que la experimentación visual es lo que hace con la banda sonora, la cual también parece estar armada en tres o más dimensiones, esto es, sonoras. Las nuevas y crecientes posibilidades para mezclar el audio y el equipo de reproducción en salas dan como resultado, en manos de Godard, una barroca proliferación de capas auditivas. Una misma frase se escucha primero lejos, saturada y sólo del lado superior derecho, e inmediatamente la misma voz se transforma en algo que acapara toda la sala, con profundidad, grave en vez de aguda, para entonces convertirse en algo que a su vez se ahoga entre las cuerdas iniciales de la “Marcha eslava” de Tchaïkovski, que luego se interrumpe de manera abrupta para dar paso al silencio, completo silencio, durante algunos segundos. La lista de autores, cineastas y músicos citados es, como de costumbre, amplia: J. Conrad, S. Freud, P. Valéry, J. Derrida, W. Faulkner, A. Artaud, J. Cocteau, V. Hugo, AM. Miéville, M. Proust, G. Flaubert, S. Beckett, J-P. Sartre, W. Benjamin; Schoenberg, Beethoven, Sibelius, entre muchos otros. Los créditos finales son la bibliografía, si bien demasiado general. Su obra es también un rompecabezas o un ejercicio de memoria que lúdicamente desafía al espectador para ver si es capaz de identificar las palabras, piezas musicales o pedazos de film de cada autor.

Mad Max y Adiós al lenguaje podrán ser, conceptualmente, polos opuestos, pero son lo mejor que he visto en 3D. Aunque podemos hablar de ellos como un par de viejos experimentados, cuando Miller hacía su ópera prima Godard llevaba ya un par de décadas a cuestas como cineasta, con dos periodos tras de sí y empezando uno nuevo: el de ensayista que usa el cine como medio de expresión, periodo que continúa hasta hoy y que tiene una de sus obras cumbres en Adiós al lenguaje. Sin embargo, sea Mad Max un mero divertimento es también una proeza, no sólo de técnica y de lenguaje cinematográfico sino de emociones, como Sam Fuller definió el cine frente a la cámara del joven Godard, en 1965.

Cuando Robert Bresson presentó El dinero, su última película, en el festival de Cannes, un entrevistador le preguntó si era cierto que había ido al cine a ver la más reciente entrega de James Bond. Él sonrió y asintió, y dijo que For Your Eyes Only de John Glen le había maravillado debido a la escritura cinematográfica. “Ya sólo pienso en eso: en la escritura cinematográfica”, dijo, y creo que tanto la de Miller como la de Godard, disímiles entre sí, son asombrosas muestras de escritura cinematográfica en 3D. El cine goza de buena salud en los brazos de sus viejos acólitos.