PROMO
AL AIRE LIBRE

Manual para zurdos 1

Claudio Isaac 27/08/2016 [Cine] [Cultura] [Literatura]

El hombre pájaro me ha callado la boca Douglas Day, gran biógrafo de Malcolm Lowry, anota en torno a la figura trágica del novelista inglés un razonamiento que parece evidente pero no sólo no lo es sino que plantea un matiz de importancia, en su prólogo a Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, Day escribe: “egocentrismo no es sinónimo de engreimiento…” La frase resuena y resultaría persuasiva para introducirnos al microcosmos complejo que nos presenta la película Birdman de Alejandro González Iñárritu. Si antes comenté algunas circunstancias que contribuyen a una sublimación del cineasta en ciertos medios de comunicación y me mofé de ello, hoy quisiera ponderar su obra más reciente y reconocer sus méritos indudables. Con el aliento brioso que ha mostrado en otros títulos, ahora Iñárritu se concentra, por fin, en desplegar una puesta en escena de alto grado de dificultad, en cuyo centro hallamos a un protagonista aturdido por la vida, dolorosamente ensimismado: un actor de cine que ha visto pasar su momento de mayor éxito y desea recuperar algo de dignidad ante sí mismo y ante los demás montando una obra de teatro basada en textos del aclamado y querido Raymond Carver. En el desarrollo de la sencilla línea argumental se va develando una historia de fractura y posible redención que termina por envolver al espectador, ofreciéndole hacia el final momentos cabalmente logrados de dramatismo emocionante e incluso poético. En lo personal sigo teniendo reparos al estilo del cineasta pero concluiría que aquí la suma los recursos acaba por conformar una tónica justa y una elocuencia fílmica y que a la luz de los aciertos contundentes –por ejemplo, el pulso narrativo y el movimiento escénico con su intensidad interpretativa- deben juzgarse como parte de un todo expresivo muy personal y en este caso eficaz. Encuentro pocas cosas tan tonificantes como un trabajo que vence nuestras resistencias y derriba cualquier predisposición reacia para con un autor. En pocas palabras: una experiencia cinematográfica que nos calla la boca, me la calla a mí. Oscar Año tras año los espectadores de la transmisión de los premios Oscar se frustran y reniegan y juran que nunca más van a caer en esa patraña, pero llegada la fecha, misteriosa y obedientemente se convierten de nuevo en fervoroso público cautivo de la ceremonia cinematográfica. Como los 10 de mayo y 16 de septiembre, como tantas otras tradiciones modernas y antiguas, los Premios de la Academia de Hollywood condenan a la expectativa y luego a la consiguiente frustración. Me confieso víctima frecuente del prejuicio y creo que de haber visto Birdman después de que ganara el Oscar es muy posible que se me hubiera dificultado en extremo la reconsideración respecto al talento de Iñárritu o incluso que me hubiera negado a ver la película, desdeñándola por ser favorita de una Academia veleidosa y amante del efectismo y los extremos maniqueos. Hablando de ceremonias y premiaciones No se necesita ser una feminista furibunda para rabiar con indignación ante el espectáculo degradante que es el Concurso Miss Universo, donde se exhibe la condición de la mujer como algo sustentado en el artificio: algo necesariamente postizo al tiempo que primitivo y superficial a más no poder. En efecto, este concurso mundial es una institución que parece cambiar menos que el Vaticano, la FIFA o el modelo de peinado abominable de Donald Trump, el actual dueño de la ignominiosa franquicia. Hacia atrás Presumiblemente, las próximas generaciones de la humanidad poseerán una adaptación del antebrazo, que será más largo para poder tomarse autorretratos con su teléfono celular. Lamento aclararle a esos usuarios del celular que tal adaptación será involutiva pues nos regresará a un rasgo propio de los chimpancés. Lo peor del caso es que seremos antropoides narcisistas. Extremos en la pantalla Quizás no se discute lo suficiente la pertinencia de que el Canal 11 tenga todos los lunes una emisión dedicada a las corridas de toros. La pluralidad suele significar sanidad vital pero hay algo esquizoide cuando las manifestaciones se dan más que nada en los extremos opuestos. Así, el programa Instinto animal -que produce la versátil y dotada Laura Barrera para Canal 22, donde defiende las tesis más actuales de los derechos de los animales- coexiste con la abominable serie de la televisión regiomontana titulada Grandes trofeos, en donde se celebra capítulo tras capítulo la masacre de hermosos venados y otros animales de la región. Sin duda se trata de una expresión más de nuestro país de contraste e inequidad feroz. J.J., venerado y venéreo Un reciente estudio de la Universidad de Harvard postula que James Joyce padecía de sífilis. Más que una proeza de introspección aguda, lo que hace el profesor Kevin Birmingham es sumar dos más dos, una sencilla operación que el tabú cultural impidió computar libremente durante décadas. Me explico: Birmingham apunta que al comentar Joyce en 1931 sobre su vista empobrecida “me lo merezco por las muchas ruindades en mi comportamiento” el escritor irlandés estaba tratando de confesar cifradamente su mal. El estudioso de Harvard coteja los medicamentos recibidos por Joyce y su larga lista de síntomas, “pérdida de la visión en ambos ojos, abscesos en la boca, escaldaduras en el hombro y brazo, desmayos, insomnio, baja resistencia a las bebidas alcohólicas y colapsos nerviosos”, entre otros, concluyendo que seguramente se había contagiado en la temprana juventud por frecuentar prostitutas de condición miserable. Fuera de compadecer al pobre Joyce, la noticia en sí casi me tiene sin cuidado, eso de no ser por un aspecto digno de resaltar: el cómo un criterio puritano puede permear la atmósfera del mundo de las artes durante tantas décadas, al grado de que en el perfil de uno de los personajes más biografiados de la historia (quizás el que más después de Shakespeare) pueda persistir un área tan nebulosa existiendo un cúmulo de evidencias que apuntan al veredicto claro. Los datos están en los libros de Gorman (1924) hasta Ellmann, Powers, Anderson, Gébler-Davies y aún en la reciente vida de Joyce por Bowker (2011), pero ninguno ata los cabos y llega a la conclusión de Birmingham. El veredicto no se les escapó por falta de perspicacia sino por una miopía propiciada por un tabú cultural común. El fenómeno me resulta fascinante pues yo creía que esto sólo ocurría en México, donde las omisiones monumentales en las monografías de las figuras heroicas, incluyendo las literarias, determinan que para la historia oficial éstas siempre sean imposiblemente inmaculadas, necesariamente truncas, deshumanizadas al perder todo defecto. Se les cuida y aplica un pulimento aséptico, como si la leyenda fuese a marchitarse por poseer un poco de tierra, sudor o mugre, olvidándose los investigadores y cronistas de que el ingrediente de la falibilidad pone en perspectiva la vida humana y hace que sus bondades resalten, no como producto innato sino resultado de una lucha interna. Fuera de Ricardo Garibay, cuya trayectoria personal encanta a los críticos para hacer escarnio y proceder a descalificarlo como literato, las figuras literarias de nuestro país son intachables, jamás nadie ha roto un plato, eso no ocurre en el Olimpo de las Letras. Frase del mes Corta todas esas exclamaciones. Un signo de admiración es como reírte de tu propio chiste. F.Scott Fitzgerald FS En su atractivo ensayo El escritor como lector, Ricardo Piglia señala una coincidencia de puntos de vista entre Jorge Luis Borges y Witold Gombrowicz, usualmente opuestos al grado de lo irreconciliable. Menciona declaraciones hechas en la Argentina de los años 1950 donde ambos concuerdan en que el género de cada texto literario es definido por el modo en que éste es leído. Mientras que en una conferencia Gombrowicz sentenciaba que “no existe ningún elemento específico que pueda determinar un texto como poético”, Borges confesaba haber sospechado siempre que “la distinción radical entre la poesía y la prosa se encuentra en la diferente expectativa del que lee.” Esto me ha remitido a la desconcertante estampa de Fernando Sampietro, quien podría sin duda considerarse un antecesor de las vanguardias que imperan hoy. Cineasta, artista plástico y poeta, se quitó la vida a principios de 1984. A veces rígidamente serio y otras sardónico, sagaz e inocente, provocador y tímido, tan cabal en sus sentimientos que podía incomodar, con su barba profusa y erizada, Fernando tenía algo de beatífico y mucho de artista en estado puro. Era un trasgresor auténtico. De entre sus cortometrajes recuerdo Yo en la nieve, que consistía en una toma circular interminable recorriendo un paisaje nevado vacío. El “yo” del título nunca aparecía en pantalla, ni siquiera su sombra y ése era el meollo de la provocación. (El reverso del abyecto selfie). Como pintor solía conformar series, acaso inspirado en Warhol pero a diferencia de aquel el humor autoirónico era manifiesto, no era un cínico. Lo anterior conduce a hablar de los poemas de Fernando. Antes de que el editor Martín Casillas se aventurara a publicarle Marilyn Monroe y yo (en donde típicamente ni existe rastro de la relación de la Monroe con el autor), el humilde poeta encuadernaba rudimentariamente sus trabajos con implementos de la casa Baco y compañía y los repartía entre sus amigos. Sorprendentemente, los poemas obedecían todos a una misma lógica simple y leían como sigue: Regla El orden de los factores no altera el producto. Con una intuición magnífica, Sampietro entendía lo que Piglia descubre en Gombrowicz y Borges. Todo ello preludia los mecanismos del arte conceptual, sólo que para estos precursores el elemento de juego y el humor estaban presentes permanentemente, dictando la manera de la ejecución. Todavía estaban lejanos la pomposidad solemne y tufo de trascendencia de los artistas actuales.