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Del otro lado de la línea: la resistencia de las mujeres afganas

Por Ximena Eunice Manjarrez

Mujeres afganas en el día internacional de la mujer. Fotografía de Wakil Kohsar/ AFP tomada de Getty Images

El Talibán afirma que las mujeres tendrán derechos bajo la ley islámica

El pensamiento occidental moderno, es un pensamiento abismal. Ya lo dice Boaventura de Sousa Santos, se funda en un sistema de distinciones visibles e invisibles. Las invisibles son establecidas a través de líneas radicales que dividen la realidad social en dos universos: el universo de este lado de la línea y el universo del otro lado de la línea. La división es tal, que el otro lado de la línea desaparece como realidad y se convierte en no existente. Por otro lado, lo no existente significa no existir de ninguna forma relevante o comprensible de ser. La relación viene a cuento luego de lo acontecido con los sucesos de Afganistán, pero específicamente con un caso en particular: lo que podemos cuestionarnos -o no- respecto a la situación de las mujeres y el Talibán. 

Y es que, tras la llegada de los talibanes a Kabul, nuestras redes sociales sucumbieron ante la indignación de la voz popular. Resulta interesante observar cuando Occidente decide expresar su opinión respecto a Oriente Medio, usualmente limitándose a explicar la situación de las mujeres con problemáticas de islamismo extremo y echando a andar discursos colonizadores sobre el hiyab o el burka, disfrazando la islamofobia con análisis político. 

Mujeres afganas de la Universidad de Kabul. Fotógrafa Lynsey Addario para El País.

Por un lado, tenemos la crisis de la sobreinformación con los medios digitales. Por ejemplo, hemos visto circular en redes sociales fotografías de una época en la que las mujeres afganas “podían vestir como querían”, o al menos es lo que se lee en diversos artículos sobre el tema. Las imágenes muestran relación con 1978, época en la que estalló la Revolución de Saur donde el Partido Comunista logró crear un Estado Socialista denominado como República Democrática de Afganistán, quedando bajo la órbita de Moscú. De este modo, una reflexión fundamental para el contexto que suscribe a las fotografías es la fetichización de la cultura occidental sobre la cultura islámica y afgana. Como bien han reconocido distintos grupos de mujeres activistas a través de sus propias cuentas, el hecho de compartir este tipo de contenido, deshumaniza a las mujeres afganas como tema de conversación política en lugar de centrarse en temáticas como la educación y su rol en asuntos gubernamentales y sociales. 

“Es precisamente este sinsentido utópico y de imposición cultural lo que nos ha llevado a buscar invasiones para salvar al otro con el fin de modernizarlo y llevarlo a valores occidentales superiores”, se lee en @aldanimarki haciendo énfasis en que los valores y la cultura occidental no son sinónimo de libertad. 

Pero esto último es lo relevante aquí. Aquello que sucederá con los derechos de las mujeres y niñas afganas ante las imposiciones de los talibanes. Un grupo que ni siquiera las más grandes potencias han podido frenar y que por supuesto, están lejos de representar al islam por su fuerte opresión sobre las mujeres. Por ahora, la incertidumbre y la ansiedad de las hoy miles de maestras, periodistas, enfermeras y otras profesionistas, crecen al ritmo en el que los talibanes toman más control del país bajo la posibilidad de volver al régimen de su mandato de 1996 a 2001, pues testimonios afirman que los talibanes no han cambiado pese a que ellos digan lo contrario. Siguen considerando a las mujeres como seres humanos inferiores que no pueden reclamar ni ejercer los mismos derechos que los varones. 

“Hace dos días huí de mi casa en el norte de Afganistán por la llegada de los talibanes a mi ciudad(…) Sigo huyendo y no hay lugar a salvo para mí(…) La semana pasada yo era periodista, hoy ni tan siquiera puedo decir mi nombre(…) Tengo miedo y no sé qué me pasará(…) Todas mis colegas están aterrorizadas(…), por favor, recen por mí”, se lee en un artículo sin firma de una periodista de 22 años en The Guardian

Sin duda algo es cierto. El cuerpo de la mujer afgana se ha convertido en un campo de batalla que libra luchas constantes entre ideologías y políticas que se traducen en enfrentamientos de extremistas religiosos y feministas eurocentristas. ¿Y cuál es la voz de la mujer afgana aquí? ¿Acaso nos hemos vuelto cómplices de este campo minado? Si algo ha sabido hacer la mujer afgana a lo largo del tiempo ha sido resistir. Resistir hasta el final. Y es que eso es lo que queda en momentos así. Resistencia. Lo que corresponde de nuestro lado de la línea es, en palabras de Soledad Gallego, “no permitir que suceda”, reclamando derecho de asilo para las que huyen, movilizando personas, bien informándonos y sobre todo contribuyendo a organizaciones que puedan atender, pero sobre todo entender lo que acontece del otro lado de la línea.

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