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La birria es bella – Danza Psicodélica

por ElAle de la Portales, del Gallito Mañanero.

Con las lluvias veraniegas llegan los dorados morados. Teníamos la religiosa costumbre de ir a cortarlos año con año, desde mediados de Agosto hasta la primera quincena de Septiembre. Un viejo hippie del Pulpo de Ciencias (el Cooper) nos había corrido un punto muy cerca de Valle de Bravo, un amplio terreno donde los ganaderos del rumbo llevaban a pastorear a sus vacas y éstas, lo llenaban de magia al dar su dote al mundo. 

Partí con mi hermano un sábado temprano por la mañana. La idea era llegar al terreno con los primeros rayos de sol (para adelantarnos a todos los hongueros que seguramente llegarían en el transcurso del día), cortar y movernos a un sitio más tranquilo donde pudiéramos viajar juntos hasta los confines de nuestra mente (que es el propio universo), sin temor a nada ni nadie. Así lo hicimos.

Brincamos la maltrecha cerca con nuestros pies desnudos (el rocío de la mañana hace que toda la hierba esté muy húmeda, así que es preferible mantener tu calzado y calcetines secos) y nos adentramos en la zona, buscando los montículos de mierda donde crece el psilocybe cubensis, mejor conocido como San Isidro. Reconocerlos es fácil: Brillan con la luz del sol reflejando un tono dorado, tienen una “faldita” en el tallo, son carnosos y cuando los cortas, comienzan a presentar una tonalidad azul debido a la oxidación del aire. No hay pierde. Peinamos la zona, fuimos a la ladera y nos adentramos en el claro que hay entre los árboles que separan el terreno del camino de terracería. Llenamos nuestros topers y salimos de ahí tomando camino de vuelta a la ciudad. Habíamos visto algunos sitios junto a la carretera que parecían seguros y tranquilos. Nos metimos por un camino que conducía a un amplio descampado rodeado de robustos pinos y abetos gigantes. Parqueamos el auto y nos sentamos junto a él para comer el primer par. En eso, una pick-up pasó junto a nosotros, parecían sorprendidos por nuestra presencia pues respondieron nuestro saludo con una mirada fría y desconfiada. No nos importó mucho el gesto y seguimos comiendo más hongo alternándolo con gajos de naranja (dicen que ayuda a potenciar el efecto). Decidimos pues ir a dar una vueltita por el sitio, había una colina que se extendía amplia y desde donde se podia disfrutar una vista maravillosa que te permitía tener control de la gente que pudiese acercarse.

Empezabamos a experimentar ese cosquilleo eléctrico que recorre las puntas de tus dedos, así como la pesadez estomacal que siempre acompaña los primeros instantes, anunciando que algo fuerte está por venir. Nos recostamos sobre la hierba mirando el claro cielo y disfrutando las nubes que pasaban sobre nuestra cabeza disolviéndose en geometrías maravillosas. Estabamos puestos. Me sentía lleno de amor y me daban risa las cosas que decíamos. La estábamos pasando bien hasta que mi hermano me dijo: Ahí viene la tira.

Me incorporé con pesadez para corroborar el hecho. “Vale verga”. Pensé en lo que venía y en un rápido movimiento, “entucé” entre mis calzones el toque que traía mientras mi carnal me decía: “Tranquilo güey, no hay pedo, hay que estar tranquilos”.

  • Buenos días jóvenes, ¿se puede saber qué hacen aquí?
  • Buen día oficial, estamos tomando un descanso
  • ¿Pa’dónde van?
  • Pa’ la Ciudad de México
  • ¿Si saben que están en propiedad privada y los vamos a tener que remitir por allanamiento de morada?
  • No diga, oficial. No, no, no sabíamos, venimos en la carretera y quisimos parar a descansar un poco pues me estaba dando mucho sueño y eso es muy peligroso
  • A ver, enséñenme lo que traen en su mochila

Ahí comenzamos a sudar, pues descubrirían los topers llenos de hongos y ahí sí nos iba a ir mal. Le pasamos la mochila, resignados a lo que tuviera que venir. El policía iba sacando cosas y tirándolas en el pasto: Naranjas, un plátano, una botella de agua, un toper lleno de hongos…

  • ¿Y estos?, ¿son de los que ponen verdad?
  • ¿Cómo que de los que ponen? (Replicamos haciéndonos bieeeeeen güeyes) los cortamos aquí en el monte, son para cocinar.

El oficial escuchó eso y los dejó de lado, al parecer nos creyó y no le importó tanto ese hecho pues estaban tras algo más.

  • A ver, saca todo lo que tengas en tus bolsas

Voltié mis bolsillos, no traía más que las llaves del auto. El oficial parecía un poco molesto y comenzó a alzar su tono de voz, haciéndola amenazante.

  • Ya saca lo que traes, te vimos como te guardabas algo.

Yo tranquilamente le decía que ya había visto que no traía nada, revisado nuestra mochila y volteado mis bolsillos. Sin embargo, el policía no me creía, al parecer había visto ese truculento movimiento en donde guardé ese cigarrito de marihuana entre mi ropa interior.

  • A ver, te voy a esculcar y si te encuentro algo, vas a valer verga, así que mejor ya saca lo que traes ahí
  • Neta no traigo nada, ya le enseñé

El tira me metió mano cabrón, revisando minuciosamente los plieges de mi pantalón, sin embargo no encontró nada pues todo estaba bien guardadito donde mi sacralidad impedía a las fuerzas oscuras del orden, encontrar el ansiado embarque. 

  • Ya chavo, coopera, saca lo que traes ahí

Yo me reía mientras le decía que ya le había enseñado que no traía nada, que ya me había vasculeado y que estaba limpio, que por favor nos dejara ir pues no sabíamos que estábamos en propiedad privada, no había ningún letrero que dijera que la zona no era pública, que estabamos simplemente tomando un descanso y que seguiríamos nuestro camino a la ciudad sin ningún contra tiempo pues ya se habían dado cuenta que no estábamos haciendo nada malo. Hijos de su pinche nadie.

  • Mira, hijo, no nos quieras engañar, te vimos cómo te metiste algo a los calzones, así que te vamos a dejar ir pero bájate los pantalones para que veamos que no traes nada
  • No diga, jefe, ¿neta?, ya vio que no traigo nada…
  • Bájate los pantalones o te remitimos y nos llevamos el coche al corralón

No mamen, qué denigrante escena estaba a punto de protagonizar. Me bajé los pantalones hasta los tobillos mientras los puercops me miraban morbosamente mi parte. Chale, qué pinche pena, neta, pero se la iban a pelar, estaba todo muy bien guardado y no se notaba para nada que tuviera algo ahí.

  • ¿Ya, contentos?
  • No, no, no, pérate, ahí traes algo…
  • Pues claro que traigo algo, la reglamentaria… ya déjenos ir
  • Aguanta, a ver… báilale

Neta qué pasados de verga pero ya estábamos del otro lado. Les menié sexy la cadera, así como burlándome de sus chingaderas y pues ya vieron que no se me cayó nada así que me subí en chinga los pantalones y les dijimos, compermiso, nos vamos.

  • Nombre, no tan rápido, a ver, déjenos esa lana y lléguenle a la verga

Nos quitaron los doscientos varos que llevábamos y nos dejaron ir. Mi carnal y yo estábamos contentos y sorprendidos de haberla librado. “Qué pendejos que no la hicieron de pedo por los hongos”, pensamos; al tiempo que nos caía el veinte de que la gente de la pick-up, había sido la que había dado el pitazo. Nos subimos al coche bien puestos, enfocando toda nuestra atención al camino para no cagarla y matarnos. Manejar en esos estados NUNCA es buena idea, sin embargo estábamos asustados y ya no queríamos tener más contratiempos con los azules, así que decidimos volver a la ciudad de una, mientras agradecíamos a la vida nuestra libertad e integridad. El alucine iba in crescendo, estaban duros los hongos. Recuerdo entrar por el periférico y ver la ciudad toda cochina y caótica, cómo se erguía absurda frente a la naturaleza, en esa falsa promesa de modernidad y confort. No podíamos ir a casa estando tan puestos, así que decidimos ir a nuestra segundo hogar: La UNAM. Llegamos a las Islas y nos abrazamos bien fuerte, riéndonos con lágrimas en los ojos por el sustito que nos llevamos, mientras exhalamos tranquilos por sentirnos en un lugar seguro, donde ya nadie nos podía torcer.

Esa fue la historia de cómo le bailé en calzones a la tira, estando bien hongo. La Birria es Bella.

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