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La Birria es Bella – El blues de la Ciudad de México

(primera parte)

En su paso por México, el beatnik Jack Kerouac escribió un compendio de poemas llamado Mexico City Blues. La verdad es que poco o nada de esos poemas hablaban sobre nuestra ciudad. Por eso, hoy les voy a contar cómo fue que llegué al blues, y de qué manera, la Ciudad de México me ha formado y deformado en este antiguo camino.

Todo comenzó cuando tenía 25 años y sentía una honda nostalgia por mi tío Eduardo (figura medular de este viaje y mentor autodidacta de mil trucos para sortear situaciones cotidianas), quien desapareciera por ahí del año 2003 intentando cumplir su sueño de tocar en la Meca del blues: La bella airosa, Chicago.

Cursaba los tiempos extra de mi carrera de psicología y la vida académica me hacía poco sentido (por no decir, me daba muchísima hueva). Una fuerte inquietud de vida inundaba mi ser y la única persona con la que podía compartir todas las ideas y sensaciones que tenía en ese momento, estaba desaparecida. Sentía que sólo él podría entender los viajes que cruzaban mi cabeza. Me moría de ganas de echarme un toque con él y platicar sobre todo y nada, escuchar música, que me hablara de sus viajes en sustancias y sobre la vida, el amor y la muerte.

Un buen día, hurgando entre cajas, apareció aquella armónica que en su momento, sustraje de ese maravilloso set de Hohner Blues Harp, que tiempo después, sería vendido o cambiado por piedra, por unos infelices drogadictos a quienes di asilo una temporada en la casa donde vivía. Aquella diatónica en fa sostenido se volvió mi compañera inseparable. La tocaba en el metro rumbo a la universidad, en sus pasillos, callejones, escaleras, salones, baños, jardines, fuentes, paraderos, camiones y demás. Ya tenía hasta la madre a todos mis cuates pues, como buen principiante, sonaba de la verga y siempre repetía el mismo trino. Estaba empecinado en tocar como los viejos bluesman a quienes escuchaba noche y día en mis discman. Mi tío había dejado una nutrida colección de compactos con las figuras más representativas del blues de Chicago, la costa oeste, Detroit, el delta del Mississippi y más. 

Poco a poco fui entendiendo el instrumento, la manera en la que estaban distribuidas las notas, los tonos, los sonidos que se obtienen al soplar o aspirar de cierta manera. Igualmente “educar” el oído, reconocer la vuelta de blues, sus 12 barras, sus turn around, las maneras de comenzar un blues, su lírica, su tocante poesía que habla de lo cotidiano, sus tristezas y la esperanza por tiempos mejores. Me atrapó por completo. Encontraba cierto halo de misticismo en todo eso y salía a la calle viviendo esa fantasía en carne propia. 

Tras meses de estar en el ajo, finalmente aprendí mis primeros blueses: Walter’s Boogie, Juke, Unseen Eye, King Bee, Help Me, Baby Please Don’t Go… etc. Sentía que era momento de entrar a la escuela del bues: La calle. Así que junte unos fierros y los cambié por un amplificador de batería recargable que compré en la calle de mesones. Mi carnal me prestó un micrófono que tenía por ahí, agarré una boinita que me había regalado mi suegra y me lancé a las calles del centro, sin expectativa alguna mas que compartir esos viejos buenos blueses con la gente transeúnte. Después de deambular por algunos rincones, llegué al que sería mi lugar favorito: La esquina de 5 de mayo y bolívar. En ese entonces, había una zapatería muy bonita estilo Art Noveau donde la resonancia del amplificador era impresionante; además, la banqueta era ancha y la gente podía seguir su rumbo sin entorpecer su trayecto por mi presencia. Era un buen sitio.

Por lo general la gente que pasaba frente a mi, salía un poco de su rutina. Se extrañaban de ver a un chico tocando un instrumento que no es muy común en el haber musical nacional, entonando canciones en inglés, emulando una voz tosca, grave y ronca muy en la onda de Tom Waits. Aflojaban un cambiecito y se iban. Otros tantos hasta fotos me tomaban o se quedaban a platicar conmigo un ratito, me pedían rolas que no conocía o me decían que les recordaba a un viejo amigo. 

Soplaba y cantaba hasta que me salían llagas en las comisuras de la boca. A veces, sangraba y era muy doloroso seguir pero todo era parte de la formación, del hacer callo en los labios y aprender a dejar la vergüenza atrás, para poder tener la confianza de hablarle a un público que solo existe, cuando deja de lado el destino o las obligaciones que le llevan a transitar las calles y se detiene a escuchar un blues.

Sacaba entre $50 y $100 varos la hora y con eso me compraba una torta y un jugo. Me sentía pleno de “ganarme la vida” así, cultivando la vagancia que siempre me ha atraído, camuflándome en los rincones grises del centro mientras atrapaba las miradas de las personas, sus oídos, las sonrisas que eventualmente me compartían, sintiendo su energía, comunicando esperanza, fuerza y amor. Estaba viviendo el blues y ya se me había vuelto costumbre salir a rolar los fines de semana a practicar y sacar un cambio para las chelas. ¿Habría estado orgulloso mi tío de mi?, ¿le habría latido mi manera de tocar y cantar?, pensaba mucho en eso pues siempre ha sido y será mi inspiración para tocar el blues. Nunca lo sabré a pesar de que cuando lo hago, siento que algo en mi se conecta con él y al fin podemos platicar como me habría gustado, aunque ya no esté aquí, vive en mi cada que entono ese viejo, bueno, blues.

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