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NRMAL 2020

por Roy MT

A las dos de la tarde, con el sol directamente encima de los asistentes del festival NRMAL, Belafonte Sensacional nos convocaba a todos para el destroy, “¡ya que se armen los putazos!”.

Con los sintes del Pablito Mendía, trompetas con efectos, Hugo Quezada luciendo misterioso debajo de su sombrero, y un guitarrista de tres metros con vestido, el contenido altamente chilango de la banda nos tomó desprevenidos debajo del sol incandescente. “Estos weyes estan pendejos, wey. La neta si traen un showsote”, me dice Nacho del Shirota, quienes el año pasado nos volaron la cabeza. “¡Muertes en la televisión! ¡Muertes en el Infranet!”, grita Israel. Mientras, todos nosotros insolados e iluminados.


Algo que pasa comúnmente con el formato del NRMAL es que uno piensa que hay música de fondo entre bandas. Pero no. En lo que una banda toca, la otra ya se está montando en el escenario de a lado. Y dado que no se la vuelan con el audio, y el volumen siempre está en un nivel agradable para platicar, uno se podía ir con la finta de que estaba sonando Chancha Vía Circuito vía Spotify, justo después de Belafonte, pero no; era Mateo Kingman con su banda en vivo.

Con bombo legüero, y batería en vivo las secuencias del joven pseudo-chamán andino agarraban dimensiones grandes, y seductoras. “Estoy desnudo en oscuridades y mis sentidos viajan por el todo. No hay pensamiento, sólo claridad”, cantaba Kingman balanceándose en un solo pie. 

Y si tanta secuencia en cierto punto se volvía una experiencia un tanto impersonal, no importaba, ya que el escenario colindante fue tomado con fuerza por los californianos de Wand. Bandota que, curiosamente nos hizo recordar el romance de Seth y Alex en The O.C., la aclamada serie de televisión que nuestra generación vió en la pubertad. ¿Por? Las canciones traían unos coros que fácilmente nos recordaban a la música que sonaba en primeros años del milenio en MTV, y al mítico condado naranja. 

Aunado a eso, la banda tocaba un psych rock que nos llevó por un viaje chido, entre un riff rítmico de teclado remitente a Suuns, y melodías épicas a dos guitarras. El guitarrista principal traía tapabocas para no contagiarnos letalmente con su requinteo. La banda oriunda de Los Angeles intoxicó a la juventud con buen rocksito. Nada como el NRMAL para pasar el día con amigos y escuchar buena música.

En el público podías ver a muchos amigos del rock. Del slam que se armó con Belafonte vi salir a Ed Maverick con su amigo el Dromedarios, mientras platicaba con Ian y Ro, de Cascabel, sobre universos y multiversos.

Aunque bueno, el line up no era sólo rock. Después de los Wand, la holandesa BEA1991 nos sacudió los intestinos con unos bajos bien potentes. Estábamos algo tensos pensando, “¿ya vendrá el drop?”, y mientras que la cosa no era convencional, como la música electrónica de moda, si hubo buenos momentos de ritmo, acompañados de imágenes del internet. 

El noise nos mantenía bien atentos mientras Byetone comenzaba a ambientar con su electrónica a base de ritmos intervenidos con sampleos que entraban en estrobos violentos.

“Sí está cool. Agresivón”, comentaba el Patrippy mientras los sintetizadores pedorros empezaban a llenar el ambiente. El artista acompañaba con visuales que decían que no había señal, y éstos también eran intervenidos con ruido blanco. “Ya me está pegando el tramadol “, escucho que alguien dice. Nos íbamos poniendo flojitos para lo que vendría. Y yo, mendigando por una chela por que ya no traía ni un peso. “Festivalear sale caro”, dice un amigo. Gracias al universo, pase tiempo con el ser más iluminado de todos: Franco Genel. Pude chelear y platicar con él sobre los Beatles, y gracias a su infinita bondad, la luna me volvía a sonreír.

Cayó la noche con la banda neoyorkina de post-punk Bush Tetras, quienes antes de tocar, le pidieron a alguien hispanoparlante que anunciara en el micrófono que no apoyan al presidente estadounidense, Donald Trump. “Amo a las señoras punketas neoyorkinas. Son mi especie favorita”, me dice una amiga mientras esta banda, conformada en su mayoría por mujeres, le raspaba a las guitarras como si aún fuera 1980.

Sin duda alguna, lo mejor del festival llegó al final. En medio de una pantalla con un video arte glitcheado en movimiento, se erguía la silueta inmóvil de Juana Molina. “Un día voy a ser otra distinta. Voy a hacer cosas que no hice jamás. No va a importarme lo que otros me digan. Ni va a importarme si resultará”. El show de la argentina es el epítome de la diversión y la creatividad en la música. El performance está minuciosamente confeccionado a través del uso de computadoras, riffs de guitarra propios del math rock, y visuales que nos sumergen de manera hipnótica en la música hecha a base de repeticiones. Y si ser cyborgs no fuera lo suficientemente divertido, Juana y su bajista, Odin, terminaron el set brincando como conejos por el escenario, mientras activaban más y más secuencias. 

La cantante venía acompañada de dos músicos, uno en el bajo, teclados y sampler, y un baterista que igual activaba quién sabe cuántos sonidos. Era una orquestita de tres soltando varias capas de música que evolucionaba en una textura genuina de rock argentino futurista. Ni te dabas cuenta cuando se estaban loopeando. Eran músicos ingeniosamente colaborando con computadoras. Se nota cómo estos procesos los llevan a tocar de maneras nuevas. Estructuras diferentes, sonidos frescos, y mucho estilo. 

De las pocas palabras que escuchamos de la voz de Juana, un enorme agradecimiento era expresado, para el público y para el NRMAL; “un profesionalismo hermoso” decía Juana para referirse a la producción. Y es que sí; a quién le importa que no viniese el productor super estrella. El headliner del festival fue el sentimiento de comunidad y camaradería que todos los allegados a la música en CDMX vivimos durante toda la tarde del sábado.

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