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Para para parar

por Miguel Ángel Ángeles @mangelangeles

8 de marzo.
Una marcha.
9 de marzo.
Un día sin mujeres.

Un día sin mujeres en las calles y en los trabajos. Sin mujeres trabajando, comprando, sin mujeres consumiendo. Un día sin mujeres: sin las voces de más del 50% de la población de México de una ciudad sorda. La mayoría más minorizada en la historia del mundo​ ​decidiendo no participar de la historia del éste y al mismo tiempo, escribiéndola: como siempre ha sido desde el inicio de las eras, no importando que hayamos sido los hombres quienes la hemos firmado desde siempre.

La Historia, sustantivo femenino, tiene de femenino sólo lo genérico. Siempre ha sido masculina. El Historio, cabría decir.

“F” camina casi como si fuera corriendo. De niña, con apenas 11 años, fingía tener una discapacidad para caminar porque con ello evitaba que los hombres en la calle le gritaran algo cuando pasaba frente a ellos. Lo hacía cada vez que tenía que ir a la papelería.

Camino de noche siempre que puedo. Si el clima lo amerita o estoy cerca de casa y vale la pena tomarse un tiempo. Camino de noche porque puedo. Mido 1.80 y vivo en una zona que está casi siempre iluminada de noche. Vivo en una zona que además tiene siempre gente transitando: la llamada República Ecobici, ese remanso de paz para quienes no tenemos que transitar dos horas de tráfico desde las afueras de la ciudad hasta las oficinas en el centro de una de las ciudades más grandes del mundo. Camino de noche siempre que puedo porque soy hombre y es distinto para nosotros. Camino porque puedo.

Me cuenta “J”: “no me acuerdo bien de cuando me acosaron la primera vez. Mi cuerpo, en mi familia, siempre ha sido el primer y único tema de conversación, y nunca uno que empecé yo. La primera vez que me acosaron y me quedó claro que era acoso, fue cuando conocí a mi primer novio. Tenía 19 años y él 25. Se me hacía normal. Se me hacía normal que hablara de mi cuerpo como si debiera agradecerle por mirarlo y desearlo. La primera vez que cogimos fue la primera vez que le dije que no”.

“No todos los hombres”. Eso.
La frase repetida​ ad infinitum​ que demuestra que el eje de la historia -el Historio- gira en torno a una narrativa contada por quienes siempre hemos estado arriba, un peldaño.

“No todos los hombres hemos violado” “No todos los hombres hemos acosado” “No todos los hombres hemos matado”

Y sin embargo, son más los hombres que matan hombres. Más los hombres que matan mujeres. Más los acosos sexuales perpetuados por hombres. Más las violaciones.

No todos los hombres. Ad infinitum.

Pienso en el enojo de ellas, en la furia. Pienso también en el miedo.

Pienso en todos los hombres que me han cuestionado la pertinencia de ese monstruo llamado “feminismo”.

¿Por qué creer en ello si soy hombre?

Nos odian. Nos quieren matar. Están locas. Son feminazis. Odian a los hombres. Están malcogidas. Tienen que respetar. Eso dicen.

Pienso en las políticas públicas que dictan futuro sobre los cuerpos de ellas, votadas en su mayoría por hombres.

Algo no cuadra. Pregunto.

Me contesta N: “tenía 12 años y era una época en la que solía juntarme con una niña de mi edad, pero mucho más precoz que yo. Ella conocía

a un grupo de niños, tres o cuatro años mayores que nosotras, y uno de ellos era “su novio”. Un día me dijo que fuéramos a casa de él, que estaba a unas cuatro cuadras de la mía. Yo no quería ir, pero al final terminé haciéndolo. Cuando entramos, estaba “el grupito de amigos”, eran unos cuatro niños, incluido “el novio”. Mi amiga se fue con él a un cuarto y me dejó a mí con los otros tres. Comenzaron a hablarme y a hacer bromas de “quién me gustaba más” o “a quién besaría”. Yo solo me reía. Después se burlaron de mí, de mi físico. Y decían que me estarían haciendo un favor si ”me dejaba coger”. Se me acercaron los tres y dos de ellos me sujetaron, mientras el otro me tocaba. Solo recuerdo que tuve mucho miedo y que no podía ni moverme, ni decir nada. Después de eso salió “mi amiga” del cuarto con su novio y eso cortó la situación de alguna manera. Nos fuimos y caminé a casa. Nunca dije nada, hasta muchos años después”.

Un grupo de hombres blancos heterosexuales protagoniza una mesa sobre feminismo en una de las estaciones de radio con más audiencia en México. México es un meme, pienso.

México no es un meme, pienso.

Somos un país en el que la palabra “feminicidio” supone una amenaza más grande para las autoridades que el feminicidio en sí. Nombrar es el gran riesgo. Dice Norma Andrade, la activista madre de Lilia Alejandra, asesinada en 2001, en una entrevista que le hago en radio; que no son “muertas”, son “asesinadas”. Norma Andrade: la mujer que atacada dos veces luego de ello sigue luchando por las que se han vuelto cifras que solemos olvidar.

Asesinadas, no muertas.
Las palabras otra vez: un yugo. Una nueva muerte.

En este país quien detenta poder decide hablar de otras cosas. Nosotros, todos, le contestamos.

Silencio. Silencio, hombres.

Cuando G tenía apenas 13 años, un hombre que hoy es reverenciado como un gran artista, precursor del performance en México y que

entonces era amigo cercano de su padre, acostumbraba llamarla por las mañanas para preguntarle “si ya se había puesto las braguitas”. Para preguntarle cómo eran. Ella lo acusó y la respuesta fue “así es él”. Ese hombre sigue siendo reverenciado en el mundo del arte. Ella también. Él la acosó a ella. Ahí, una diferencia.

La mujeres a paro.

¿Por qué parar?

¿Cuántas veces nuestro cuerpo -hombres- ha sido objeto de conversación? ¿Cuántos de nosotros -hombres- tenemos miedo cuando caminamos en la calle por lo que otros -hombres-, sí, -porque siempre son otros hombres quienes agreden- nos dirán o harán? ¿Cuántos de nosotros -hombres- caminamos con las llaves en la mano, escondidas en el bolsillo a manera de protección? ¿Cuántos -hombres- tenemos un gas pimienta? ¿Cuántos? ¿Cuántos hombres?

Yo no.
¿Y tú, quién lees esto? ¿Lo haces?
¿Te lo has preguntado?

¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste en peligro porque alguien te amenazaba sexualmente¿ ¿Cuándo y cómo fue la primera vez que te sentiste vulnerable?

¿Cuántas veces más ha sucedido algo similar?

Silencio. Silencio, hombres.

Un paro nacional: ellas no existen por un día. Me pregunto: ¿han existido? ¿Existen las mujeres cuando la brecha salarial nos dice que solo por ser hombres ganamos más? ¿Existen cuando el neoliberalismo es, de acuerdo a algunas fuentes oficiales, el principal causante de la crisis que las mata más a ellas que a nosotros y que no las nombra? ¿Existen cuando los medios dictaminan que se ganaron la muerte por andar solas, en malos pasos, por su poca reputación, por consumir sustancias ilegales o alcohol, por estar donde no debían haber estado, y

en general por ser mujeres?

Fátima, con siete años, estaba donde no debería haber estado. Eso, es lo que se infiere bajo esta dialéctica.

Lesvy Berlín Osorio merecía morir porque estaba donde no debería haber estado. Eso, es lo que se infiere bajo esta dialéctica.

¿Sí?

Un paro nacional en el que ellas no estén. Porque en números, no están. Un paro nacional. Un día sin ellas. Un día sin sus voces. Un día sin sus tiempos.

Tiempo. ¿Qué tiempo? Pregunto otra vez.

¿Por qué parar?

Me dice Mónica Nepote: “Porque el movimiento feminista lleva años citando a paro, la huelga feminista implica detener la máquina económica, capitalista y patriarcal. Parar para exigir, para elucubrar, para sentir, para estar juntas. Para ser esa potencia feminista como dice Verónica Gago desde Argentina. Porque no queremos ser una cifra de muerte, porque queremos vivir. Paramos porque queremos cambiarlo todo”.

Querer vivir.

En este mundo de los números y de los titulares se tiene que pedir querer vivir​.

Me dice “D”: “tenía unos seis años. vivía en unos departamentos y la familia de al lado eran los amigos más cercanos de mis papás. tenían tres hijos, la más chica era mi mejor amiga. el más grande debía tener unos 13 o 14 años por ese tiempo, la verdad no lo sé bien. siempre me tocaba cuando no lo veían. una vez me lamió el cuello y otra metió su mano por debajo de mi vestido. yo no sabia que hacer, me trataba de alejar poco a poco. mi amiga se ponía celosa porque decía que su hermano me hacía más caso a mí que a ella. era horrible.”

Seis años.

Me dice “V”: “Sé que fue un día que llegó súper tomado -mi hermano- y empezó a tocarme mientras mi mamá se iba a la cocina a prepararle algo de comer. Recuerdo eso y obvio la sensación de confusión y las ganas de llorar y supongo que sabía que no era correcto porque nunca se lo conté a mi mamá ni a nadie de mi familia. Lo peor es que hace menos de dos años me enteré que le hizo cosas muy feas a mi sobrina “K”. Y ella sí le contó a mi hermana y no hicieron nada”.

Parar. Paremos. Paremos ya, hombres.

¿Para para parar?

Parar porque no entendemos que no entendemos. Somos el país donde las mujeres “ya alcanzan el timbre” o “son canchas oficiales”. Donde “a la prima se le arrima” y donde “si te dice “NO”, te está diciendo que sí”.

Parar porque somos el país donde nosotros los hombres somos héroes entre más parejas sexuales tengamos mientras ellas son unas putas. Puta: la bruja del siglo XXI según Kristen J. Sollée. Parar porque somos el país donde cada dos horas y media se mata a una mujer. Parar porque para entender hay que reflexionar: quedarnos quietos y callados, un día, un día a la vez y así ver que eso que está delante de nosotros existe y nos compete. Y nos toca. Porque la historia que hemos creado nos ha tratado diferentemente. Porque sí: parar es un buen ejercicio para pensar dónde estamos y adónde queremos ir.

Parar mientras nosotros seguimos, sin ellas. Y ver. Ver más.

Giselle tenía once años cuando decidió ir a un café internet en el que un hombre de 51 años la asesinó luego de violarla.

Giselle desapareció la mañana de un 19 de enero a unas cuadras de su casa en Chimalhuacán, Estado de México.

Giselle quería ser futbolista profesional.

Parar para parar.

Fátima, con siete años, estaba donde no debería haber estado. Eso, es lo que se infiere bajo esta dialéctica.

Lesvy Berlín Osorio merecía morir porque estaba donde no debería haber estado. Eso, es lo que se infiere bajo esta dialéctica.

Parar. Ya.

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